LA EDUCACIÓN ÉTICA DENTRO DE LA FAMILIA

Categoría: Para padres 11/7/2011

Por: Carola Pozo Cortez

 

En tu casa ¿quién cocina, quién lava los platos, quién barre el piso?

 

Antes, sabido es, en los tiempos del autoritarismo y del machismo entronizado, los platos eran cosa de mujer, de esposa, y a lo sumo de hija mayor.

 

Ahora somos modernos y posmodernos. Con la liberación femenina, se entendió que podría ser labor de mujeres o de hombres, quiero decir esposos o, como se dice en la posmodernidad, de parejas, ya que después de todo no está establecido en ninguna leu natural que lavar platos le quede mejor a la femineidad que a la masculinidad y después de todo somos todos iguales.

 

Pero vayamos un poco más lejos. Ya que somos libres, estos niños que están al lado nuestro, ellos, ¿qué? ¿disponen de inmunidad parlamentaria? ¿No discutimos a la par, no hablamos a la par, no nos respetamos a la par?

 

Este jovencito de diez años a su hermanita de siete años bien podrían entrenarse en esta noble tarea de lavar los platos y de ser parte de nuestro equipo, a menos que claro esta, tengan por esa tarea una profunda aversión y prefieran oras, mas en concordancia con su personalidad o vocación.

Por ejemplo, limpiar el baño, lavar azulejos o barrer el balcón, regar las plantas y descolgar la ropa seca o llevar la ropa sucia al lavadero o, por ejemplo -¿Por qué no? – meterla en el lavarropas y apretar los botones pertinentes para que funcione

¿Se te ocurrió que el respeto a los hijos es colocarlos a la altura de todos nosotros en todas las tareas, en todas las responsabilidades, en una vida realmente compartida donde los límites no son castigos sino un orden que nosotros componemos para vivir mejor y por lo tanto para amarnos con mayor comodidad?

-¿Pero los niños no deben estudiar? ¿No es esa la función primordial que les compete? – dirás. Si por cierto. Y Yo, papá, debo trabajar, y tú, mujer, debes hacer lines de cosas, sea en el trabajo de afuera o en el de adentro, de entrecasa. Todos estamos atiborrados de obligaciones. Este niño también. En ello consiste su igualdad.

Los límites empiezan en:

Vamos al supermercado a comprar alimentos, así me ayudas a cargar con ellos… Y lo planteo como una exigencia, de deber. Nada de acariciarle la cabecita, sonreírle con amplitud cósmica y decirle:

-¿No te gustaría acompañarme al supermercado? Porque bien podría contestar:

-No no me gustaría…

Y aquí no discutimos que le gusta a cada cual, sino los deberes compartidos, independientes del gusto.

De modo seamos claros y hablemos con el tono correspondiente sin mentir ni engañar, engañarnos pensando que una orden envuelta en moños y en frases dulces será psicológicamente más adecuada. Al contrario será un mensaje contradictorio.

 

En esas simplezas germina lo profundo de la vida, en quién lava los platos, en quién hace la cama y quién saca la basura. No es poético, lo sé. Simplemente es la prosa de la vida.

Fuente: El miedo a los hijos, Jaime Barilko

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